Reflexiones con café y tostadas

Son las 8.05 de la mañana de un domingo soleado típico de estas fechas del año. Mientras tomo un sorbo de café abro el periódico digital y comienzo a leer una noticia sobre una mujer llamada Amira.
Con las legañas aún en mi rostro comienzo a leer la historia de esta mujer y de su pueblo. Una historia de huida, de terror, de hambre... Una historia casi de película de otro siglo.

Y sin saber cómo mi mente se evade y me transporta al año 2003. Tengo 19 años y me encuentro en una manifestación gritando "No a la guerra" pensando que la voz de un pueblo vale más que cualquier interés político.
¡Qué joven y delgada estaba! Tan llena de pasión creyendo que iba a cambiar el mundo. Toda mi fuerza en mi voz para descubrir días después que mis ideales no servían de nada. Qué amargo fue encontrarme cara a cara con mi primer decepción con la sociedad.
Y la mente es así, te lleva de una guerra a otra mientras saboreas una tostada de tomate.

Sigo avanzando en la noticia y cada vez me cuesta más leer y concentrarme. Me imagino lo que narra, esas madres huyendo de las bombas, esos niños jugando entre las ratas y todos juntos compartiendo hambre y miedo. Algo de mí se reconcome. ¿De verdad han pasado 13 años y seguimos así? ¿Hemos avanzado algo como sociedad? Me planteo que quizá sí hemos crecido en algo: en indiferencia. Nos hemos acostumbrado al dolor y ya ni nos movemos por lo que nos queda lejos. Al igual que el protagonista de "El hombre en busca de sentido" nos hemos deshumanizado.

Continuo el relato cada vez con más angustia. Empiezo a rascarme la pierna y pienso que igual podría acoger a una familia en mi casa. Me imagino sacando el saco de boxeo de mi marido de la habitación que nos sobra y quitando las cosas viejas que guardamos allí. Me pongo nerviosa y la culpabilidad me invade. ¿Sería capaz de ayudar a una familia? ¿Qué he hecho yo por los demás en estos 13 años? ¿Acaso me he deshumanizado yo también sin darme cuenta?


Dejo parte del café y de las tostadas, no puedo seguir con todo esto. Me visto y me voy al trabajo sin más. Sí, soy de las privilegiadas de este país que tiene trabajo y va cualquier día de la semana.
En el camino pongo la radio a tope  y me desgañito en la primera canción. Saco mi rabia al ritmo de Bruno Mars. Pero hoy mi cabeza continua dándole vueltas al mismo tema. ¿Cómo has pasado de querer ser misionera con 7 años a que no muevas ni un dedo en ayudar a tu prójimo con 32? ¿Qué te ha pasado? LLevo los últimos años de mi vida pensando en mis hijos, mi marido, mi hipoteca, mis gastos.... y mi todo. Y todas preocupaciones me han mantenido entretenida.

Veinticinco minutos de viaje a 120 Km/h me permiten llegar a mi trabajo con una lágrima bajando por mi mejilla. ¡Menos mal! Respiro un tanto aliviada.  ¡Menos mal que aún queda un cachito de mí!
Ahora sólo me queda recuperar la ilusión por lograr un mundo más bonito, mantener vivo el recuerdo de Amira la protagonista de esta historia  y ponerme manos a la obra.


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